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Cosquilleo en el estómago: La conexión con el cerebro

Artículo original: Gut Feelings: The Connection With The Brain, Himani Arora

Traducido por Elmer Sandoval

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Imaginémonos esto: Nos encontramos frente a un dilema. Llamamos a un amigo y nos aconseja que sigamos nuestra intuición. Esta se percibe como una especie de instinto milagroso, visceral, como un cosquilleo en el estómago, en el que se supone que debemos confiar cuando experimentamos incertidumbre. Es como si la tripa mágicamente conociese nuestros anhelos y deseos más profundos; nuestros gustos y disgustos. Estas sensaciones viscerales afectan conscientemente nuestras decisiones. Sería viable especular que el intestino y el cerebro podrían estar conectados de alguna manera. Bueno, ¡lo están! ¿Pero cómo?
El control mental microbiano

Nuestro cuerpo es una colección de microbios (que incluye bacterias, hongos, virus y arqueas). De hecho, ¡hay diez veces más células microbianas en nuestro cuerpo que células humanas! La mayoría de ellas viven en el intestino y se denominan «microbiota intestinal». Nosotros vivimos en una relación simbiótica con nuestra microbiota, algo así como compartir una habitación con alguien que no paga el alquiler pero ayuda con las tareas del hogar. Les proporcionamos un hogar y ellas realizan una gran cantidad de funciones para nosotros. Ayudan en la digestión, estimulan el sistema inmunológico e incluso pueden modular nuestras emociones. ¿Pero cómo? El intestino y el cerebro se «comunican» entre sí. Parece que las bacterias pueden producir y responder a diferentes señales neuroquímicas, que se desplazan hacia y desde el cerebro. La microbiota intestinal puede afectar la función cerebral mediante la activación del nervio vago, que actúa como una «vía de conexión» entre los dos (el mecanismo de activación aún no se comprende por completo). También producen moléculas de señalización, como los ácidos grasos de cadena corta (AGCC), un producto del metabolismo de los carbohidratos que nuestro cuerpo no puede digerir. Estos, a su vez, pueden activar algunos receptores (como los receptores acoplados a las proteínas G) en el cerebro. Consideremos los AGCC como llaves para las cerraduras del cerebro que pueden afectar el comportamiento.

El segundo cerebro

“…el sistema nervioso entérico contiene más de 100 millones de neuronas… y debido a que esta enorme red de conexiones es tan extensa, los científicos le han apodado “el segundo cerebro”.”

Como todos sabemos, las neuronas son células cerebrales que transmiten señales en el sistema nervioso. El sistema nervioso está compuesto por diferentes partes y las neuronas que recubren el tracto digestivo (o tracto gastrointestinal), que va desde la boca hasta el ano, abarca el llamado sistema nervioso entérico. En total, el sistema nervioso entérico contiene más de 100 millones de neuronas (¡más que en la médula espinal!) y debido a que esta enorme red de conexiones es tan extensa, los científicos le han apodado «segundo cerebro». El apodo es apropiado no solo por la cantidad de neuronas que lo componen, sino también por sus íntimas interacciones con nuestra microbiota. Nuestra microbiota es una fuente importante de moléculas llamadas neurotransmisores, que son responsables de transmitir señales entre neuronas. Debido a su papel en la producción de neurotransmisores, la microbiota puede ejercer una fuerte influencia sobre la señalización neuronal que ocurre en nuestro sistema nervioso entérico y, por lo tanto, formar una estructura compleja digna del nombre de «segundo cerebro».

La microbiota también es una fuente importante de varios de estos mensajeros químicos. Por ejemplo, bastante evidencia respalda el papel de las bacterias intestinales en la producción de serotonina (también conocida como el neurotransmisor de la felicidad). Este neurotransmisor se produce principalmente a través de la descomposición de un amino ácido natural llamado triptófano por parte de las células enteroendocrinas. Este proceso está influenciado por los AGCC que aumentan la cantidad de la enzima llamada triptófano hidroxilasa, que es responsable de metabolizar el triptófano. Al contrario, si los niveles de AGCC caen, la producción de serotonina por parte de la microbiota intestinal también disminuye. Una de las principales fuentes de AGCC proviene de lo que comemos y, por lo tanto, nuestra dieta juega un papel fundamental en el equilibrio de moléculas y metabolitos en nuestro intestino, que a su vez afectan muchos procesos, como la producción de serotonina. Debido a este delicado equilibrio, cualquier perturbación en el microbioma intestinal también podría afectar al cerebro y viceversa.


“Estas bacterias pueden influir en nuestra percepción del mundo y alterar nuestro comportamiento mucho más allá de lo que hemos entendido hasta ahora.”

Ese cosquilleo en la boca del estómago que sentimos cuando presentamos un examen difícil es un ejemplo vívido de la conexión entre el cerebro y el intestino. ¡Estamos estresados y nuestra tripa lo sabe! Pensemos en los momentos en que tuvimos que dar una presentación importante y nos encontramos buscando un baño. O la noche en que estábamos molestos y nos dimos cuenta de que deseábamos una comida reconfortante.

“Durante décadas, los investigadores y los médicos pensaron que la ansiedad y la depresión contribuían a los problemas digestivos. Pero varios estudios revelan que también puede ser al revés”, explica Jay Pasricha, M.D., director del Centro John Hopkins de Neurogastroenterología. Estas bacterias pueden influir en nuestra percepción del mundo y alterar nuestro comportamiento mucho más allá de lo que hemos entendido hasta ahora.

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Escrito por Himani Arora
Editado por Holly Hake y Arielle Hogan
Ilustrado por Gil Torten
Traducido por Elmer Sandoval

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Referencias

Emeran A. Mayer, (2011). Sentimientos intestinales: la biología emergente de la comunicación intestino-cerebro. Nature Reviews. Neuroscience, 12(8), 453-466. https://doi.org/10.1038/nrn3071

Lihua Ye, Rodger A. Liddle, (2017). Hormonas gastrointestinales y el conectoma intestinal. Current Opinion in Endocrinology, 24(1), 9-14. https://journals.lww.com/co-endocrinology/toc/9000/00000

Pochu Ho, David A. Ross, (2016). Mas que un sentimiento intestinal: Las implicaciones de la microbiota intestinal en la psiquiatría. Elsevier, 86(5), 411-423.https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2016.12.018

Mikala Egeblad, (2020). Los sentimientos intestinales bloquean el flujo: La microbiota vincula el estrés con la enfermedad vascular. Immunity, 53(2), 417-428.
https://doi.org/10.1016/j.immuni.2020.07.013


Autora

Himani Arora

Himani está cursando su último año de maestría en el Departamento de Zoología de la Universidad Hindú de Banaras (India). Aspira a ser comunicadora científica. Ella tiene algo de experiencia en esta área. Escribe artículos de ciencia, produce imágenes (infografías, carteles), crea videos animados de ciencia y también desarrolla cómics de ciencia.

Traductor

Elmer Sandoval

Author

  • Himani Arora

    Himani está trabajando como una comunicadora científica con Hello Tomorrow Asia Pacific. Ella completó su maestría de Zoología en la Universidad Hindú de Banaras, India. Ella tiene algo de experiencia en esta área. Escribe artículos de ciencia, produce ilustraciones desarrolla cómics de ciencia. Puedes ver su trabajo aquí.

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Himani Arora

Himani está trabajando como una comunicadora científica con Hello Tomorrow Asia Pacific. Ella completó su maestría de Zoología en la Universidad Hindú de Banaras, India. Ella tiene algo de experiencia en esta área. Escribe artículos de ciencia, produce ilustraciones desarrolla cómics de ciencia. Puedes ver su trabajo aquí.