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La empatía: construir interacciones sociales al vincular nuestras vidas afectivas

Artículo original: Empathy: Building Social Interactions By Linking Our Emotional Lives, Miguel Omar Belhouk Herrero

Traducido por Simona Simeonova

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Como seres sociales, los humanos tenemos la capacidad de ajustar nuestro comportamiento para adaptarnos a nuestro contexto social. Ya sea que estemos conociendo nuevos compañeros de clase, realizando una entrevista de trabajo o ayudando a un amigo en apuros, diferentes situaciones requieren la modulación de nuestras palabras y nuestras respuestas comportamentales, como la proximidad física o incluso el contacto físico, como por ejemplo cuando abrazamos a alguien que está sufriendo. A pesar de su aparente complejidad, la adaptación social no se trata únicamente de un proceso de toma de decisiones racional y elaborado, sino de una forma inconsciente de entender ciertas condiciones de nuestro entorno. Este proceso requiere una especie de habilidad innata, algo que muchos de nosotros conocemos como la empatía.

Podemos definir la empatía como la capacidad de generar una representación compartida del estado afectivo del prójimo. En otras palabras, la empatía ocurre cuando somos capaces de ver el mundo a través de los ojos de otra persona. Es una experiencia vicaria que le permite a alguien compartir sentimientos experimentados por quienes lo rodean y llevar a cabo respuestas comportamentales prosociales. Para explicar cómo es posible, varios neurocientíficos sociales han sugerido que la empatía provoca una actividad neuronal y respuestas cerebrales similares a cuando se experimentan sentimientos de primera mano. Gracias al desarrollo y mejoramiento de las técnicas de neuroimagen, los investigadores han podido explorar la base neural de la empatía. ¿Echamos un vistazo a los descubrimientos más relevantes?

La empatía respecto al dolor

“…el simple conocimiento de que un ser querido va a ser herido es suficiente para preparar nuestros cerebros a vincular nuestra experiencia personal con el estado emocional de dicha persona (Singer et al., 2004).”  

La mayoría de los estudios relacionados con este tema durante las últimas décadas se realizaron utilizando el dolor físico como modelo. El dolor involucra circuitos sensoriales discriminatorios y emocionales para percibir un estímulo potencialmente dañino y motivar al organismo a evitarlo. Por consiguiente, podríamos esperar respuestas cerebrales similares en la sensación de dolor tanto de primera mano como vicaria.

En 2004, Tania Singer –una de las investigadoras más destacadas en el campo de la empatía– estudió la actividad cerebral de las mujeres al ser estimuladas con descargas eléctricas dolorosas y la comparó con la actividad cerebral de las mismas al ver a sus parejas íntimas recibir la misma estimulación dolorosa. Utilizando un escáner de resonancia magnética funcional, Singer y sus colegas descubrieron algunas cosas interesantes:

  • La experiencia del dolor de primera mano activó, como se esperaba, los circuitos sensoriales discriminatorios y emocionales. La corteza somatosensorial primaria y secundaria, así como las áreas del cerebro relacionadas con el procesamiento afectivo del dolor –específicamente las regiones anteriores de la ínsula y las cortezas cinguladas– aumentaron significativamente su actividad.
  • La experiencia vicaria de ver a sus parejas sufrir activó consistentemente la ínsula anterior y las cortezas cinguladas. Esto sugiere que las mujeres fueron capaces de generar una representación compartida del estado emocional de sus parejas.
  • No solo la experiencia vicaria en sí, sino también la presencia de señales anticipatorias puede resultar en una mayor actividad en tales áreas del cerebro.

Los autores concluyeron que el presenciar dolor en los demás activa los mismos circuitos neuronales relacionados con las emociones que se activan cuando la persona lo siente físicamente, y aún más importante, que el simple conocimiento de que un ser querido va a ser herido es suficiente para preparar nuestros cerebros a vincular nuestra experiencia personal con el estado emocional de dicha persona (Singer et al., 2004). Sin embargo, estos hallazgos nos permiten abordar nuevas preguntas. Si tanto la experiencia vicaria como las señales indirectas pueden generar respuestas empáticas, ¿significa eso que la ínsula anterior y las cortezas cinguladas son estructuras centrales de procesamiento que podrían ser activadas por diferentes circuitos neurales?

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Imágen 1: Tres ilustraciones esquemáticas que incluyen las diferentes estructuras cerebrales involucradas en el dolor. La primera ilustración muestra la corteza somatosensorial en rosa. La segunda ilustración muestra la corteza cingulada anterior (amarilla) desde el plano sagital, mientras que la tercera imágen incluye la ínsula anterior en azul.

El rol de la información disponible: el sistema de las neuronas espejo frente a la teoría de la mente

Al estudiar el rol de la corteza premotora en el control motor voluntario, un equipo de investigadores italianos descubrió que estas redes motoras no solo están involucradas en la planificación de movimientos. Sorprendentemente, también aumentaron su actividad en respuesta a los movimientos de los investigadores (di Pellegrino, 1992). Cuatro años más tarde fueron nombradas neuronas espejo, un término muy conocido que se refiere a grupos de neuronas cuya actividad nos proporciona un mecanismo básico para comprender intuitivamente las acciones de los demás.

Diferentes estudios han demostrado la relación entre la experiencia empática directa y la activación de conjuntos de neuronas espejo ubicadas en dos áreas cerebrales separadas, llamadas las cortezas prefrontal y parietal inferior (Keysers & Gazzola, 2007; Rizzolatti et al, 2001). Una manera fácil de entender esto es imaginar cómo mirar a alguien bebiendo un brebaje repugnante puede hacernos sentir automáticamente el mismo asco e incluso asumir la misma expresión facial.

Sin embargo, a veces no tenemos disponible toda la información emocional y necesitamos hacer suposiciones sobre lo que está sucediendo en una situación particular, basándonos en estímulos internos y externos. Por ejemplo, cuando un amigo nos llama para decirnos que su hermano ha fallecido en un accidente de coche. Aquí es donde la teoría de la mente –también conocida como la mentalización– tiene lugar.

“En contraste con nuestro sistema de neuronas espejo, la mentalización requiere una actividad consciente y reflexiva. Es un proceso cognitivo más que emocional.”

Así, como no se nos muestra una señal de dolor explícita, necesitamos inducir procesos mentales e internos para generar imágenes. Entre otros, las regiones de la corteza prefrontal medial o la corteza cingulada posterior están involucradas en la capacidad de inferir y representar dicho dolor emocional (Lamm et al., 2011).

El lado oscuro de la empatía: ¿qué pasa con la venganza?

Se sabe que las respuestas empáticas pueden ser moduladas por variables internas como los rasgos de personalidad o la capacidad de identificar y describir emociones, e incluso por factores externos. Un factor interesante es cómo percibimos la justicia. Singer y colegas (2006) diseñaron un experimento en el que se les pidió a hombres y mujeres que participaran en un juego contra jugadores justos o injustos. Al finalizar el juego, se analizó la actividad cerebral de los participantes mientras observaban a sus oponentes siendo heridos. Como esperamos, la ínsula anterior y las cortezas cinguladas de los participantes aumentaron su actividad cuando los jugadores justos recibieron una estimulación dolorosa. Por el contrario, tales áreas mostraron una actividad reducida mientras observaban a los injustos sufriendo. En cambio, al menos en los hombres, el observar a los jugadores injustos ser heridos activó significativamente las estructuras relacionadas con el refuerzo y la recompensa. Por lo tanto, la actividad en las estructuras relacionadas con la búsqueda de recompensas y la toma de decisiones –el núcleo acuminado y la corteza orbitofrontal, por nombrar algunas– se correlacionó con el deseo de venganza, proporcionando un mecanismo neurobiológico que podría explicar la base del comportamiento punitivo.

Como hemos visto, el cerebro humano está construido para darnos información dependiente del contexto destinado a modular nuestro comportamiento. Estructuras diferentes están involucradas en la compleja tarea de identificar intuitivamente los cambios en tanto las expresiones faciales como la modulación de la voz, y también inferir cómo pueden sentirse nuestros compañeros. Estos mecanismos nos permiten internalizar el dolor de otras personas para ayudarnos a modular las interacciones sociales. También parecen desempeñar un papel fundamental en la detección de transgresores y su privación de la empatía colectiva. Los resultados obtenidos en las últimas décadas de investigación ofrecen una visión interesante de cómo se desarrollan las interacciones sociales en diferentes culturas y cómo los humanos crearon métodos formales para controlar y castigar las acciones indeseables.

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Escrito por Miguel Omar Belhouk Herrero
Editado por Arielle Hogan, Holly Hake y Zoe Guttman
Ilustrado por Gil Torten
Traducido por Simona Simeonova

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Referencias

Bernhardt, B. C., & Singer, T. (2012). The Neural Basis of Empathy. Annual Review of Neuroscience, 35(1), 1-23.

Di Pellegrino, G., Fadiga, L., Fogassi, L., Gallese, V., & Rizzolatti, G. (1992). Understanding motor events: a neurophysiological study. Experimental Brain Research, 91(1), 176–180.

Keysers, C., & Gazzola, V. (2007). Integrating simulation and theory of mind: from self to social cognition. Trends in Cognitive Sciences, 11(5), 194–196.

Lamm, C., Decety, J., & Singer, T. (2011). Meta-analytic evidence for common and distinct neural networks associated with directly experienced pain and empathy for pain. NeuroImage, 54(3), 2492-2502.

Rizzolatti, G., Fogassi, L., & Gallese, V. (2001). Neurophysiological mechanisms underlying the understanding and imitation of action. Nature Reviews Neuroscience, 2(9), 661–670.

Singer, T., Seymour, B., O’Doherty, J., Kaube, H., Dolan, R. J., & Frith, C. D. (2004) Empathy for pain involves the affective but not sensory components of pain. Science, 303(5661) 1157-1162.

Singer, T., Seymour, B., O’Doherty, J. P., Stephan, K. E., Dolan, R. J., & Frith, C. D. (2006). Empathic neural responses are modulated by the perceived fairness of others. Nature, 439(7075), 466-469.

Author

  • Miguel Omar Belhouk Herrero

    Miguel es un psicólogo y esta haciendo su Maestría en Neurociencias en Valencia, España. Él está entusiasmado con todo lo relacionado con el cerebro y el comportamiento humanos, y uno de sus principales objetivos es democratizar la ciencia y hacer que los descubrimientos científicos sean accesibles para todos. Por eso se dedica a tareas de divulgación como escribir artículos y conducir un programa de radio en su ciudad. También está interesado en la investigación sobre la cognición, el hipocampo y los trastornos neurodegenerativos

Miguel Omar Belhouk Herrero

Miguel es un psicólogo y esta haciendo su Maestría en Neurociencias en Valencia, España. Él está entusiasmado con todo lo relacionado con el cerebro y el comportamiento humanos, y uno de sus principales objetivos es democratizar la ciencia y hacer que los descubrimientos científicos sean accesibles para todos. Por eso se dedica a tareas de divulgación como escribir artículos y conducir un programa de radio en su ciudad. También está interesado en la investigación sobre la cognición, el hipocampo y los trastornos neurodegenerativos